Planificar el futuro: las empresas lo hacen, ¿y el país?
Las corporaciones planifican a veinte años, pero al país se le pide que deje todo al mercado. Los planes quinquenales y la CEPAL invitan a disputar ese sentido.
Ninguna gran empresa del mundo funciona sin un plan. Las corporaciones definen metas a cinco, diez o veinte años, calculan inversiones, anticipan escenarios y miden resultados. Sin embargo, cuando se trata de un país, el discurso dominante dice lo contrario: que planificar es cosa del pasado y que el mercado, por sí solo, ordena todo. Esa contradicción es el punto de partida de una discusión que vale la pena reabrir.
Todos planifican
La pregunta no es si se planifica o no. Siempre alguien planifica. La pregunta es quién lo hace y para quién. Cuando el Estado renuncia a pensar el largo plazo, ese lugar no queda vacío: lo ocupan los grandes actores económicos, que planifican en función de su rentabilidad. Lo que se presenta como libertad de mercado es, muchas veces, la planificación de unos pocos sobre el destino de todos.
Los planes quinquenales
La Argentina tiene una experiencia propia en la materia. El Primer Plan Quinquenal (1947-1951), preparado por la Secretaría Técnica de la Presidencia que encabezaba José Figuerola, se propuso como objetivo la independencia económica. Fue un programa de obras e inversiones para desarrollar la industria, la energía y el campo, acompañado por la nacionalización del Banco Central y de los ferrocarriles. Incluyó escuelas en todas las provincias, hospitales, usinas, embalses, puertos, el Aeropuerto de Ezeiza y la creación de la Universidad Obrera Nacional, hoy UTN.
El Segundo Plan Quinquenal (1953-1957) puso el acento en la industria pesada: acero, petróleo y petroquímica, química, metalurgia y maquinaria. El golpe de 1955 lo interrumpió antes de terminar. Con sus límites y sus debates, aquellos años coincidieron con uno de los momentos de mayor transformación productiva y social de la historia argentina.
Una urgencia de hoy
La planificación no es una nostalgia peronista. En diciembre de 2025, la CEPAL la calificó como «una urgencia impostergable» para América Latina y el Caribe. Según el organismo, la región está atrapada en tres trampas que se refuerzan entre sí: baja capacidad para crecer, alta desigualdad y debilidad institucional. Frente a eso, propone que la planificación deje de concebirse como una función «meramente técnica o administrativa» y se convierta en una capacidad estratégica del Estado, con visión de largo plazo, participación ciudadana y continuidad más allá de los ciclos electorales.
Muchos países de la región están renovando sus planes nacionales de desarrollo con la mirada puesta en 2050. El cambio climático, el envejecimiento de la población o la transformación tecnológica no admiten respuestas improvisadas.
Volver a soñar en común
Planificar es, en el fondo, un acto político y cultural: decidir colectivamente qué país queremos y cómo llegar. Supone recuperar la idea de que el futuro no es algo que simplemente nos pasa, sino algo que se puede construir. En una época en que se nos propone vivir el día a día, esa idea tiene algo de rebelde.
Quedan preguntas abiertas, y no son menores. ¿Cómo se planifica en democracia, sin que el plan dependa de un gobierno? ¿Qué lugar tienen las provincias, los trabajadores, las universidades y las organizaciones de la comunidad? ¿Cómo se evita que la planificación se vuelva burocracia? Discutirlas es el primer paso para que la palabra plan vuelva a significar algo más que un ajuste.
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