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Los bienes comunes: lo que es de todos y el poder de la comunidad organizada

Entre lo privado y lo estatal hay un tercer territorio. Bibliotecas, clubes, cooperativas y software libre muestran otra forma de generar poder desde lo colectivo.

Entre lo que es de alguien y lo que es del Estado hay un tercer territorio, más viejo que los dos: lo que es de todos los que lo cuidan. Un canal de riego que los vecinos administran desde hace siglos, una biblioteca de barrio, un club, una radio comunitaria, un programa de software que cualquiera puede usar y mejorar. Son bienes comunes, y pensar en ellos es pensar en una forma de poder que no depende ni del mercado ni del Estado, sino de la comunidad organizada.

¿Tragedia o autogobierno?

Durante décadas dominó una idea pesimista, la llamada «tragedia de los comunes»: si un recurso es de todos, cada uno lo usará para sí hasta agotarlo. La conclusión parecía obvia: o se privatiza, o lo controla el Estado. La economista estadounidense Elinor Ostrom dedicó su vida a desmentirlo. Estudió comunidades de todo el mundo que administran pesquerías, bosques, pastizales o sistemas de riego, y mostró que, cuando los usuarios establecen sus propias reglas, pueden cuidar esos recursos durante generaciones. Por ese trabajo recibió en 2009 el Nobel de Economía, como recuerda BBC Mundo. Uno de sus ejemplos favoritos eran los regantes de los valles de España, que se reparten el agua con reglas comunitarias desde hace unos 500 años.

Una tradición argentina

La Argentina tiene una larga historia de comunes, aunque pocas veces se los llame así. Las bibliotecas populares, por ejemplo, son asociaciones civiles autónomas creadas por grupos de vecinos, y desde 1870 una ley nacional, la 419, fomenta su desarrollo, según recuerda el Gobierno de Mendoza. A esa tradición se suman los clubes de barrio, las cooperativas, las mutuales, las sociedades de fomento, las radios comunitarias y las fábricas recuperadas por sus trabajadores. En todos los casos, lo que sostiene el bien no es un dueño ni una oficina pública, sino una comunidad que se organiza para cuidarlo.

Los comunes digitales

El concepto también llegó a internet. El software libre, las enciclopedias colaborativas o los repositorios abiertos de conocimiento son bienes comunes que se amplían cuanto más se comparten. En una época en que unas pocas plataformas concentran los datos y la atención de millones de personas, defender y construir comunes digitales es también una forma de soberanía.

Poder desde abajo

Para el pensamiento nacional, la idea de comunidad organizada siempre fue central. Los bienes comunes ofrecen una manera de actualizarla en clave no estatista: no se trata de esperar que el Estado resuelva todo, ni de resignarse a que el mercado lo haga, sino de generar poder desde lo colectivo. Cada biblioteca, cada cooperativa, cada huerta comunitaria es un espacio donde se aprende a decidir en común.

Eso no significa que el Estado sobre. Muchas de estas experiencias necesitan reconocimiento legal, financiamiento o protección frente a quienes quieren cercarlas. La pregunta es qué tipo de relación se construye: un Estado que reemplaza a la comunidad, o uno que la fortalece. También quedan desafíos propios: cómo sostener la participación en el tiempo, cómo evitar que unos pocos se apropien de lo que es de todos, cómo crecer sin perder autonomía.

No hay respuestas cerradas. Pero en tiempos de individualismo y concentración, mirar lo que ya existe en los barrios, en los clubes y en las redes puede ser un buen punto de partida para imaginar otro horizonte.

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Fuentes

Por Viento Sur · Equipo Viento Sur · 4 de noviembre de 2026

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